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Cruzando fronteras

septiembre 2, 2011

Dice el INEGI que “La Migración es el cambio de residencia de una o varias personas de manera temporal o definitiva…. Cuando una persona deja el municipio, el estado o el país donde reside para irse a vivir a otro lugar se convierte en un emigrante, pero al llegar a establecerse a un nuevo municipio, estado o país, esa misma persona pasa a ser un inmigrante…” blah blah…

Por más que leo definiciones en el diccionario, ninguna alcanza a atinar la descripción de ese sentimiento de eternas lejanías. Hace un par de días un alumno de 13 años me preguntó que cómo se podía quitar la nacionalidad, porque no le gustaba ser mexicano, tras unos segundos de atragantarme el enojo, pasaron por mi mente como flashes todos aquellos momentos en que he pasado discutiendo ante alguna oficina de gobierno la autenticidad de mi nacionalidad, he vivido mi vida oficial como mexicana con un acta de nacimiento confusa ( mis papás osaron registrarme en la embajada de México en Nicaragua) que sin excepciones me obliga siempre a tener que dar explicaciones sobre mi origen y mientras repito a voz en cuello ¡soy mexicana, no necesito FM2o 3 o 4 o 5! mi mente lo traduce como una interrogación, y es que por más que mis pasos y trayectoria me lo confirman, las raíces de mi alma están asentadas en dos historias de exilios y despedidas.

Es increíble como muchos hacen lo posible por alejarse de sus raíces cuando yo lucho por encontrar las mías en ese revoltijo de historias y migraciones…


Nieta de un español  que vino de niño en calidad de refugiado a México en  la guerra civil española, hija de un nicaragüense que salió de su país la primera vez en la bandada de migración rosa, que dio origen al encuentro con mi mamá y la segunda producto de una guerrilla; nacida en Nicaragua, criada en México, con un cuñado argentino, tíos cubanos, primos uruguayos, costarricenses, ecuatorianos y uno que otro gringo extraviado, amiga de españoles, rusos y libaneses… Parece que mi vida está destinada a la eterna confusión de la identidad nacional, mi familia está regada por el mundo y con frecuencia mi mente también.

Mi educación es producto de la cultura nicaragüense, española y mexicana, a menudo me pasa que se me confunden las costumbres y ya no sé porque hago qué cosa, de dónde viene qué palabra o qué tradición es de dónde; como si esto fuera poco la genética tuvo a bien regalarme un fenotipo que no encaja ni con los nicas ni con los mexicanos, para qué irse muy lejos, no encaja ni siquiera con la media de mi familia, siempre hay que dar la eterna explicación de porqué soy “chelita” o “güerita” si mis papás tienen los ojos obscuros y aparezco en cada foto familiar como el arroz en los frijoles, de pequeña me pregunté incontables veces si no sería adoptada…

Una vez superado el conflicto de identidades propio de la adolescencia, la cosa fue volviéndose un poco más llevadera, ya no me importa tanto ser la mexicana en Nicaragua o la nica en México, pero se me quedó tatuada en el alma la costumbre de no sentirme de ninguna parte. La cosa se agrava cuando tras un año de arraigarme con cemento y piedras al país en donde vivo, me trepo al avión rumbo a Managua y basta una pequeña cincelada para que se rompa la construcción, hacen falta varias semanas de postear en facebook links sobre Nicaragua y fotos del viaje, para que mi alma vaya aterrizando nuevamente a la realidad que me tocó vivir y que ciertamente por cuestiones de edad no fue una elección personal.

Ser migrante es una aventura, en donde uno se lleva en el equipaje vivencias del “allá” y las traslada como puede al “acá”, el problema es que a veces entre tanto ir y venir se acaba por no saber cuál es cuál. Vive uno con la eterna nostalgia de lugares y personas, se le parte el alma cuando la lejanía impide compartir momentos comunes, la cabanga es una realidad tangible, inmediata y cercana, tanto que a veces me parece que me deberían sacar un pasaporte de Cabanguiana , a fin de cuentas es ahí donde paso la mayor parte del tiempo.

Los estudios e investigaciones sociales siempre giran en torno a los fenómenos migratorios desde el punto de vista de aquél que se va de su tierra siendo adulto o por lo menos con edad suficiente para recordar, pero dejan muchas veces a un lado al rubro al que yo pertenezco, ese de los que llevamos la migración en el alma, qué pasa con tantos millones de terrícolas que tenemos en la historia personal más de dos países, orígenes distintos, historias que se convierten en recuerdos propios de tanto escucharlos, relatos que en este mundo práctico y material nos vuelven la vida injusta, nos dejan despatriados, flotando en el limbo de las fronteras, sin Cédula, IFE o DNI que te aclaren el panorama.

Mucho se discute sobre las razones y repercusiones sociales del fenómeno migratorio, de la multi, pluri, inter, in y cualquier sufijo que se pueda aplicar a la cultura; la economía, la integración, la segregación, el racismo… pocos son los que enfocan a escuchar las voces de quienes viven en carne propia ese “objeto de estudio”, las historias de vida dejan de ser el punto focal, estudiamos el efecto de los inmigrantes nicaragüenses en Costa Rica, de los mexicanos en Estados Unidos, las consecuencias que dejan en su país de origen, los cambios que originan en el país al que llegan, al final no dejamos de ser una etiqueta más del sistema social, para los que dejamos somos emigrantes , para los que “invadimos” somos inmigrantes, y entre tanto tecnicismo se nos acaba por perder la humanidad.

Nos encargamos nosotros mismos, en nuestra lucha desesperada de pertenencia,  de desarraigarnos trayendo a la mente recuerdos y formas de vida, nos apartamos irremediablemente en la búsqueda incansable de pertenecer a alguna parte de alguno de los dos o tres orígenes que llevamos cargando a cuestas; nos olvidamos de la maravilla que lleva implícito el pertenecer a varias tierras, de la riqueza que cosechamos tras la siembra difícil, al final nos llevamos más amores, más historias y muchas bienvenidas.

Al final del viaje quién no tiene que decir adiós a algo para darle la bienvenida a otra cosa, quién no ha mudado de piel, mentalidad, casa, país, pareja o estilo de vida, me consuela pensar que aunque a mí me tocó vivir la rudeza de la definición geográfica,  todos somos migrantes en esta vida en donde siempre nos toca cruzar alguna que otra frontera.
Tomado del Blog de Elisa Valenzuela
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