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Pervertido patriotismo

septiembre 4, 2011

Carlitos era un niño sano y feliz, como cualquier otro hondureño su pasión era el fútbol, y entre maquinitas y balones su día transcurría. Cuando escuchaba las notas de su himno nacional detenía su marcha, y firme susurraba: “Tu bandera… tu bandera…es un lampo de cielo…” y es que el orgullo de ser hondureño estaba a flor de piel; su bandera, su escudo, su selección  de fútbol eran pasión, fervor, casi que religión. La primera vez que fué a un estadió casi lloró de emoción, gritó, saltó y celebró cada gol de su equipo, así como las atajadas de Belarvino, su arquero favorito.

Carlitos estudió su himno nacional de pies a cabeza, como lo hacían todos los niños a punto de salir de primaria, quienes debían presentar un examen extenso sobre el contenido de cada una de las siete estrofas y el coro -tipo examen de grado- requisito para ser promovido a secundaría. El cuestionario de estudio constaba de 100 preguntas. Y es que el himno hondureño es uno de los más extensos que existen, tanto así, que en los actos cívicos, sólo se cantan el coro y la primera estrofa.

Su uniforme azul y blanco con los colores de su bandera lo hacía sentirse orgulloso de su patria. Su cumpleaños coincide con la fecha en que su país celebra la independencia de la “madre patria” España; por tal motivo esta fecha era doblemente de celebración. Desfilar por las calles de Tegucigalpa era simplemente emocionante; estar en el pelotón de su escuela no era motivo de verguenza, al contrario, no hacía falta ser abanderado, ni estar entre los mejores alumnos, ni tocar en la banda de guerra. El pelotón  practicaba tanto o más que el resto, ya que su participación en los desfiles patrios estaba compuesta de complicados y elaborados pasos y saludos, en los cuales se mencionaba el nombre de su escuela. Horas de entrenamiento bajo el sol hacían de esta exibición algo fenomenal. Carlitos en su cumpleaños vestía sus colores y saludaba a sus símbolos, que dicha aquella ¡que orgullo! Lo que el niño no sabía era que todo aquello estaba a punto de derrumbarse frente a sus ojos.

Carlitos aprendió a ir al mercado sólo, a caminar por las calles de “tegus” con tranquilidad, conocía las venas de la ciudad como la palma de su mano. Cuando iba a jugar a la calle siguiente -supuestamente- en realidad emprendía viajes extensos a pie en diferentes direcciones, caminaba por barrios, por colonias, por centros comerciales, por parques y lugares que su mamá nunca imaginaría; pero él era libre y seguro en su caminar.

Carlitos tenía una novia, no estoy seguro de que ella lo supiera, pero al parecer, el sentimiento era recíproco, ya que una vez ella le reclamo airadamente como novia celosa; Carlitos estaba más confundido que otra cosa, esa vez fué su primer pleito de pareja, esto lo hizo enamorarse más todavía. Pero ese amor estaba a pundo de sucumbir ante la fuerza de la distancia que se iba a interponer entre ellos, como rio desbocado que crece y crece sin medida.

Un día recibió la noticia de que se mudarían a otro país, Carlitos se fué a llorar a su cuarto pensando que no volvería a ver a la niña que le quitaba el sueño, pero lo que le esparaba era peor y nunca lo hubiera imaginado. Tuvo que despedirse de sus vecinos y de sus amigos, pero en realidad se despediría de algo más, se despidiría de su identidad. Ya  a sus 11 años de edad comprendía ciertas cosas, pero su perspicacia no llegaba tan lejos como para imaginar lo que
acontecería.

Se levantó un día de madrugada, se baño y se fué con sus papás y con su hermana de su barrio querido, fueron a casa de un señor quien en un carrito blanco los condujo lejos de “tegus” aún sin saber carlitos su destino. El viaje fué largo físicamente hablando, pero más largo lo sería emocionalmente, pués lo que quedaba atrás era, además de su infancia, su pasión, su orgullo, se quedaba él mismo. La frontera de el Güasaule era el final de su vida como Carlitos, sin saberlo, se estaba adentrando a un nuevo mundo para él, pero en realidad no era tan nuevo.

El viaje en auto concluyó, Carlitos y su  familia tomaron un bus que los conduciría hasta Managua, una ciudad nueva para él, pero no tanto para su papá y menos aún para su mamá. En una casa los estaban esperando sus tías y abuelos maternos, toda la familia de la mamá de Carlitos, quienes toda la vida habían vivido en este lugar o en sus partes aledañas, pero eso el niño aún no lo entendía. Él, en su cabeza y su corazón, lo único que tenía presente era su tierra y sus costumbres, desde el primer día sólo pensaba en volver algún vez a su terruño; y lo haría, pero no de la manera que esperaba.

Al día siguiente a Carlitos le explicaron que de ahora en adelante tenía que olvidarse de que él era hondureño, pués en realidad había nacido en Nicaragüa y su nombre verdadero era casi el mismo, pero con un apellido de diferencia, seguiría siendo Carlitos, pero hasta la firma que había aprendido a hacer debía cambiarla por otra que no incluyera esa inicial de su apellido que ahora sobraba. Era demasiado para un niño de 11 años lleno de orgullo y patriotismo, él no era quien pensaba; seguía siendo él, sus mismos papás, su misma hermana, sus mismos gustos y costumbres, pero era otra persona que él no conocía y recien ahora comenzaría a hacerlo.

Ahora era un niño nicaragüense, nacido antes del 80, al que sus padres se llevaron de Nicaragüa cuando no cumplía 2 años aún, sin papeles, en medio de la noche oscura, con ayuda de un seudocoyote. Se fueron a un lugar apartado de la capital hondureña, ya que ahí habían muchos policías y pedían papeles, principalmente en esa época de conflicto en
Nicaragüa. Ahí, en un pequeño pueblo de Cortés, cerca de San Pedro de Sula, había crecido el niño pensando que era hondureño; con razón no le habían dicho en que hospital había nacido, con razón no le hablaban de sus abuelos, ni de sus tíos, con razón estaban solos. Y así había aprendido a vivir, sólo, mudandose de vez en cuando, en dependencia de los trabajos que su papá conseguía procurándole lo mejor. Pero llego el momento de estudiar y la primaria no era tan buena en esos lugares y se fueron a la capital, Tegucigalpa.

A Carlitos le tomo años asimilar esta realidad, aprender a vivir de nuevo, aprender a justificar su gusto por el futbol y su falta de habilidad en el beisbol, aprender a explicar porque sus conocimientos en ingles eran diferentes al de sus compañeros. Tuvo que aprender incluso a excusar su falta de gusto por el tamal pisque, el cacao, el tiste, el posol, el chingue, la chicha, el indio viejo y el arroz aguado. Aprendió a tomar sopa de mondongo cuestionando siempre el “por qué” de la ensalada sobre la sopa  si en Honduras no era así; y ¿Por qué no pican la verdura?- preguntaba-, así es más rico, así lo hacían en Honduras.

Ahora Carlos ya es un hombre, aunque su abuela aún lo llama Carlitos, tiene esposa e hijos, toda su familia está cerca, pero sus tías, a las que él conoció a los 11 años, se fueron para Miami 2 años después, junto con sus primos, quienes le estaban enseñándo a jugas beis y basquet. Carlos en un Nicaragüense que se crió en Honduras pensando que era hondureño, extaña la tierra que lo vió crecer y cuando la visita se siente puro pinolero -aunque  el pinol no sea de su agrado-.

Pero cuando en en el mundial de futbol del 2010 la selección hondureña jugaba, se podía ver a Carlos convertido en Carlitos en el cuarto de su casa, con una camiseta azul y blanco con cinco estrellas, apoyando a Honduras con fervor, pasión, devoción y pervertido patriotismo.

Autor: Medinanic
http://medinanic.blogspot.com

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