Skip to content

De manos de una inmigrante

septiembre 6, 2011

Me lo decís a mí que ya no me cuentan cuentos.  Llevo 25 años y más de la mitad de mi vida viviendo en esta tierra ajena, tan diferente de la mía.   Si acabás de venir de Nicaragua pudiera contarte  algunas mentiras que a veces fluyen solas con la excusa de alimentar piadosamente la esperanza del recién llegado.  Pudiera decirte por ejemplo, que con el tiempo ya no vas a sentir la nostalgia que ahora te invade. Pero allá vos si querés creerlo. Tampoco me atrevo a decirte que dentro de 20 años y un día, después de trabajo arduo y honrado probablemente vas a estar igual que como viniste.  Ojalá que estés mejor económicamente, pero nadie te garantiza eso.  A lo mejor vas a estar en peores condiciones, todavía ilusionado con aquel famoso sueño americano de los cielos azules y las estrellas blancas.  Sí, acordate, aquel que nos hicieron creer y para muchos no fue sino un oasis en el desierto árido de la vida de inmigrante.  Mucho menos quiero insinuarte que no va a ser tan fácil volver a Nicaragua cada año, ni que vas a poder regresar cuando te dé la gana porque cuando te das cuenta, ya el calendario ha cambiado sus fechas y comenzaste a echar raices en esta tierra.  ¡Cuántas ilusiones vamos dejando tiradas en el camino los inmigrantes con el correr de los años!

Te voy a contar lo que me pasó.  Cuando vine a Estados Unidos (el lugar que el destino me señaló para pasar mis días y no me acuerdo de habérselo pedido) la novedad fue una droga que me hizo olvidar Nicaragua por un tiempo.   Se me nublaron los sentidos y se me atolondró el alma con tantas cosas bonitas, nuevos sabores, personas y nacionalidades diferentes que despertaron mi interés.   En mi afán por olvidarme y no deprimirme, me apresuré a adoptar la nueva cultura y hacerla mía.  Quise incrustarla bajo mi piel, olvidarme de todo lo pasado y comenzar una nueva vida.  Estudié, aprendí, socialicé, me enamoré, trabajé de sol a sol. Todo perfecto. Al pie de la letra como señalaba el manual de supervivencia que yo misma me había impuesto.
Pasado el tiempo, cuando lo diferente se volvió rutina y las tardes se presentaron monótonas, comenzaron a colarse de a poquito los recuerdos de aquellos años de niñez que ya nunca volverían.  Me visitaba en mis sueños, misteriosa, la visión de volcanes majestuosos reflejados en aguas cristalinas.  Comencé a añorar, casi sin darme cuenta, aquel olorcito a desayuno nicaragüense, dulces, especies, frutas escandalosamente tropicales con sabores exquisitos como las bromas y carcajadas que nacían espontáneas en las tertulias familiares.  No sé ni como pasó pero comencé a añorar lo que pensé que nunca me haría falta.  Después de cantar tantas canciones de moda en inglés con mi acento hispano, se me salían las lágrimas cuando escuchaba de algún viejo cassette el son de las marimbas o el rasgueo de una guitarra lejana, instrumentos que siempre me parecieron enviados por los dioses para ser acariciados por los dedos fuertes de un nica.

Si no volviera a escuchar el canto de mi pueblo
ni el acento alegre hecho canción
qué el son de tus guitarras
vigile mi destino
guardando el sueño eterno arrullador.
La nostalgia se acentúa cuando otras penas te acompañan.   Una vez pasada la euforia de los primeros tiempos, comencé a sentir la soledad helada que se vuelve compañera constante de aquel que se atreve a volar lejos de los brazos maternales de la patria que le dio la vida.  Comenzaron las desilusiones y los eventos diarios que fueron secándome el alma a pura lágrima de decepción e impotencia.  Aprendí lo que es el racismo y el etnocentrismo perturbador.  Se burlaban de mí porque hablaba “chistoso” o porque mi cultura era distinta.  Supe que no debía decir palabras naturales de mi léxico comopinche (tacaño), chingo(corto) o arrecho(muy enojado) sin que la gente se escandalizara por mi franqueza al escupir malas palabras, según ellos. Me dolía cuando decían que jamás habían escuchado el nombre de mi adorada Nicaragua.  Me ardía ser parte de estereotipos estúpidos.  Como aquella tarde hace muchos agostos, cuando alguien le dijo a mi entonces novio que no se casara conmigo porque todas las nicas éramos putas.  Sí, dolió.  No porque me dijeran prostituta porque ellas son seres humanos, que sienten, aman y acurrucan las penas entre sus pechos como solo las mujeres sabemos hacerlo, sino por la intención cruel que llevaban las palabras, dardos venenosos nacidos de la ignorancia.
Si no volviera a ver tu cielo vivo patria mía
si pereciera triste lejos de tu sol
de blancos sacuanjoches
abraza fiel mi alma
para llegar perfumada ante el Señor.
Es entonces cuando añorás más que nunca la sonrisa amable de aquella vecina que te vio crecer, el abrazo lleno de confianza que te brinda el amigo de infancia, los corazones siempre abiertos para vos y que te convencen que sos una persona buena y de fiar.  Que no sos un pinche extranjero asesino, violador, ni que viniste a este país con la mala intención de robarle el trabajo a nadie.  Ser inmigrante es salirte de la burbuja cómoda y tibia donde creciste y que flota fuera de tu alcance sin otra despedida que la visión efímera de un arcoíris a punto de estallar.Soy inmigrante para siempre. Ni de aquí, ni de allá.  Un día sintiéndome parte de los dos mundos en que he vivido y otro, abandonada por ambos.  El tiempo pasó y los sentimientos como en una montaña rusa, subieron y bajaron.  He sido presa de la depresión de los valles (especialmente cuando regreso de algún viaje de vacaciones a Nicaragua), de la tristeza de llegar a mi tierra y ya no reconocer a nadie, de estar olvidando mi propio idioma y mis costumbres, de sentirme extraña en mi propio hogar. Pero también he sido testigo del sol calentándome el rostro en la cima de los momentos buenos, de las grandes experiencias, de la gente con un corazón generoso sin importar su origen y de la lucha de todos los latinos, constante a pesar de los días melancólicos que cada quien guarda celoso en el silencio de su habitación.

Migración, un concepto que algunos miran como enfermedad apestosa y otros como una oportunidad.  Sinónimo de vivir en el aire y a la vez en todas partes.  Inglés imposible, español olvidándose. Inventando palabras o mezclándolas con el inglés para poder darnos a entender en esta Torre de Babel.  Escandalizando a la Real Academia Española por nuestras ocurrencias en este submundo que hemos llamado hogar.  Cincuenta millones de hispanos viviendo a diario la lucha práctica y necesaria, llevando con orgullo la etiqueta de inmigrantes aunque sea escrita con prisa y mala ortografía mientras se huye de la migra.  Descaradamente atreviéndonos  a tejer un sueño en una tierra donde no somos necesariamente bienvenidos.  Dejando  a la vez correr en las venas los recuerdos de nuestra patria como un bálsamo calmante y necesario para que el corazón aguante. Inmigrante.  Más que un calificativo humillante,  una fuerza que nos hace levantar la cabeza y nos motiva a seguir adelante porque hay una familia que mantener y una renta elevada que pagar al final de un mes que se va volando y no perdona flaquezas.

Aquí estamos luchando y aquí seguimos soñando mientras tengamos fuerzas.  Mientras tanto yo sigo fantaseando con mi paisito tropical de caminos de colores que se elevó al cielo una mañana de enero como una burbuja y se perdió entre mis papeles e intentos de poemas…
Si la espuma fresca de tus mares ya no viera
ni de la montaña fresca su verdor
mis párpados de hielo
clausura suavemente
con el dulce soplo de tu amor.
Si tus tibios lagos jamás me acariciaran
y los ríos me negaran su color
mis tristes labios secos
endulza de agua fresca
para no llegar sedienta ante el Creador.
Desde arriba te estaré soñando Nicaragua
bendiciendo eternamente mi nación
porque llevo labrados
azul y blanco los colores
con lágrimas de fuego, lucha y dolor.
Tomado del blog de Nicaragua de mis recuerdos.
2 comentarios leave one →
  1. ME 109 CITO permalink
    septiembre 7, 2011 12:49 am

    Increible como la lejania de la patria amado lo esculpe en recuerdos y dolores.

  2. septiembre 14, 2011 2:20 pm

    Una conmovedora historia presentada por MIA, que narra sus experiencias de gran mujer, como: amiga, profesional, esposa y madre, quien se descubrio a si misma, en una tierra extrana, que nunca sera su verdadera patria, porque a Nicaragua, se lleva en la sangre, en los sentimientos y en los pensamientos, esa nostalgia del terruno que la vio nacer, esa identidad de una raza antano poderosa, cuya cultura que ha sido desarraigada de su raices profundas, hoy nuestra escritora trata de rescatar y difundir, con este precioso relato de su experiencia personal.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: