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21 de septiembre 1998

septiembre 10, 2011

Hay fechas, como algunos amores, que nunca se olvidan. El 21 de septiembre de 1998, es para mí una de esas fechas. Marcó mi vida. Un antes y un después. Ese día salí de mi casa rumbo a Estados Unidos con el propósito de aprender inglés y regresé ocho años después. Con inglés, una maestría y un montón de sueños bajo el brazo.

En este entonces, cuando mi mamá me dio un boleto de un sóla vía lo primero que hice fue preguntarle.

–       Mami, ¿y el regreso?

–       No hay, respondió. No sé cuando vas a volver.

La miré con una mezcla de sorpresa y temor.

–       No me voy, le dije.

–       Ella muy segura me dijo, -Bueno pero de mi casa, si te vas.

Con esa sentencia, no tenía otra opción. Me fui. Arlington, Virginia fue mi primera parada, mi primer “hogar en solitario”. Desde ahí, salía todos los días a mi clase de inglés, un centro de idiomas en Rosslyn en un barrio de Virginia. Durante mucho tiempo hice de todo, menos aprender inglés. Aprendí por ejemplo, a hacer arepas gracias a un novio venezolano y me ofrecía como guía turística a cuanto nica llegaba de visita.

Una de esas visitas fue la de mi papá y mi hermano que aterrizaron esa navidad. Pasamos las fiestas navideñas en la casa de mi primo Tito en donde, por supuesto, hablábamos español todo el tiempo. Yo quería lucirme con mi papá y mi hermano, y en algún momento hice el esfuerzo de hablar inglés pero lejos de lucirme los asusté.

A tal punto, que tres semanas después estaba –en contra de mi voluntad- montada en un tren rumbo a Huntington, en Virgina Occidental. Otro hogar, otra casa: Marshall University. En ese lugar inicié de nuevo mis clases de inglés, en el Centro de Inglés como segundo idioma. A diferencia del primer centro, éste lo tomé en serio y el inglés empezó a fluir a tal punto que en agosto del mismo año estaba, en esa misma universidad, iniciando mi maestría.

Paralalelamente mientras estudiaba también me estrené como mesera, “cocinera” de pizzas en Pizza Hut o freía pollo en Chik-fill-A. A veces lavaba platos al cierre de la cafería para ganar unos bollitos extras o bailaba unas canciones con el lampazo en el piso de la cocina.

Así fue como me acostumbré a que me llamaran Hispanic, un término hasta entonces desconocido para mí. Después me gradué y me mudé a Washington, DC donde trabajaba, ya en mi especialidad. Ahí me molestaba cuando algunos gringos me decían “you don’t look like the salvadorian that cleans my house”, como también me molesto cuando voy a Costa Rica y me dicen “No parece nicaragüense” o “No diga que es nica, nica son los de La Carpio, usted es nicaragüense no nica.” Soy, he sido y seguiré siendo nica.

Nunca me sentí migrante porque para mí migrantes eran aquelllos como los salvadoreños que limpiaban el edificio donde trabajaba en Washington, pero yo, era igual de migrantes que ellos. Migrante no es sólo el que envía remesas mes a mes. Es mas, creo que toda mi vida he sido migrante. Nací en Brasil de padre peruano y madre nicaragüense. He vivido en México, Nicaragua y Estados Unidos. He pasado varios meses en Perú y Brasil.

Migré también en busca de una vida mejor. Ese 21 de septiembre de 1998 cambió mi vida. Sin ese día no sería lo que soy hoy. Volví porque decidí hacerlo a trabajar en y por este país. Soy afortunada, me fui, volví y me quedé por elección.

Claudia Neira Bermúdez

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